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martes, septiembre 25, 2007

Entre la luz y la oscuridad




Definitivamente, la luz debe tener algo de ofensivo; y el mito de la caverna debe ser, en cierto modo, verdadero; después de todo, al margen de fábulas y sombras, un hombre sabio debe tomar de la cicuta y un santo Cristo debe ser colgado del madero. Los pretextos siempre sobran, en un momento es una bruja la que debe arder para proteger la honra del mediocre; en otro, será el hereje quien deba de pagar el precio de haber brillado ante ojos felices de estar ciegos.

Así de llano el asunto, reduce todos los extremos a solamente dos clases de sujetos: aquellos que deban brillar inevitables y aquellos que harán el papel de hermanos asesinos.











lunes, junio 04, 2007

¿Qué es la libertad?

Muchos modos de reponder a una simple pregunta: Ejercicio de poder. Entonces solamente son libres los poderosos. Comprar lo que se quiere. Entonces solamente son libres los ricos. Hacer lo que te plazca sin lastimar a nadie. Entonces el hombre libre es una ilusión, porque el más aislado de nuestros actos tiene el poder de afectar a alguien. Hace años hice esta pregunta en una clase de filosofía del Derecho… y bueno hasta ahora espero una respuesta. Durante un tiempo Tolstoi me convención que se trataba de una ilusión, un asunto de mala percepción. Pienso ahora que decidir lo que se quiere, a la larga, hace al hombre esclavo de sí mismo. Decidir lo correcto debería hacer a un sujeto verdaderamente libre. Hoy día estoy de un humor raro. Por lo tanto, este post raro. 

miércoles, enero 10, 2007

El principio de la decadencia







En un momento determinado, en cuerpos de diferente índole aparece una causa de propia degeneración, como si hubiera un principio de decadencia en la naturaleza; una especie de “programa” o “chip” de autodestrucción que se activa automáticamente de modo que aun cuando se puede prolongar el estado de las cosas, mantener cierto orden, quitar el polvo, reducir la mortalidad infantil, aumentar las estadísticas de esperanza de vida, hacernos viejos, a la larga, una norma degenerativa y mortal acabará imponiendo sus fueros en todo lo que existe.

Resulta “sugestivo” que el mismo principio decadente se enseñoree de objetos incorpóreos, de dimensiones de la realidad que no se desenvuelven en un plano necesariamente físico, como la cultura, el poder político, las ideologías. Existe una especie de fatiga de las ideas que hace que las propuestas filosóficas caduquen; que las expresiones artísticas envejezcan; que los imperios se conviertan en ciudades cubiertas por el polvo, que se tuerza la rectitud moral, y que mueran las ideologías.

La certeza del fin es una de las obsesiones del hombre como lo es la búsqueda del antídoto. En “Cien Años de Soledad” la lucha contra el principio decadente se expresa en la conservación de la casa de los Buendía contra el ataque de las hormigas y el polvo. La desaparición de Úrsula y el final desenlace del libro de García Marquez nos presenta el triunfo de la muerte. En “La Máscara de la Muerte Roja”, Alan Poe; la peste asola la región; el Príncipe Próspero decide perdurar aislándose en uno de sus palacios. Encerrados y felices viven él y sus amigos, mientras el resto del país es arrasado. Durante un baile de máscaras descubren que la peste está dentro y que la muerte los ha alcanzado también a ellos.

Hay una idea de conservación cuando se limpia un objeto o cuando se lo aísla (algo de esto se esconde en el concepto monástico); idea semejante es la que se percibe en las concepciones cíclicas del tiempo. Como se puede apreciar, tanto las medidas de Úrsula para mantener la casa, como las previsiones del príncipe para conservarse a sí mismo, estaban destinadas a hacer de la existencia un evento más llevadero. Ambos desarrollos literarios nos presentan la utilidad verdadera de estos antídotos: al igual que el “tiempo cíclico”, solamente son placebos destinados a mitigar la sed humana de inmortalidad.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta

lunes, enero 01, 2007

La imagen cíclica y el dominio del tiempo







“…Los símbolos que gravitan alrededor del dominio del tiempo se agrupan en dos categorías; en aquellos que acentúan el poder de la repetición infinita de ritmos temporales (…) los arquetipos y símbolos del retorno, polarizados por el esquema rítmico del ciclo; por el otro, ordenamos los arquetipos y símbolos mesiánicos…”

(Esta cita proviene de un libro que trata sobre la estructura del imaginario, cuyo autor francés he olvidado como consecuencia de la ilusión del tiempo)


¿Qué es el tiempo?

Algún griego respondería que es desplazamiento, una forma de movimiento; un discurso incesante de no-ser.

Tal postura contiene un defecto; identifica dos situaciones completamente distintas y separables. Por un lado (A) el perecimiento y modificación incesante de los objetos; y (B) el “lapso” en que tales “eventos” ocurren.

¿Por qué, entonces, no ahorrar un paso, y decir que el tiempo, sus modos y sus medidas son una manera de percibir la realidad? ¿de dotarla de una dimensión estática de la que carece? ¿De tomar una porción arbitraria de ese continuo fluir y colocarle una etiqueta de “presente”, “pasado” o “futuro”?

La cuestión es que el tiempo carecería de una base “física”, de un fundamento real y objetivo. Vendría a ser solamente una especie de conjuro con el que nuestra mente, a través de la idea de la repetición y del ciclo, procuraría vencer el insoportable fluir de las cosas y la muerte.

Los minutos terminan para volver a comenzar. La repetición cíclica se multiplica en horas, días, semanas, años y nos ofrece la ilusión del retorno. Un día será lunes otra vez; luego, llegará nuevamente abril, y a la muerte de cada diciembre habrá otro enero para revivir la idea de una nueva creación.

¿Qué es el tiempo?

El simple espejismo de una inmortalidad terrenal.




Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta

jueves, noviembre 16, 2006

Utopía



Hace poco recibí una invitación para participar en un recital. El tema: Utopía. Mientras escogía algunos poemas y escritos de mi despensa me pregunté: ¿qué es lo más determinante en la vivencia humana, el sentido de lo utópico o la experiencia de frustración?

Por un lado las utopías dinamizan nuestras acciones; de algún modo, debe haber algo de esperanza en cada movimiento. Sin la convicción o la subconsciente creencia en el final de cuento de Hadas, no moveríamos un píe de la cama. San Martín no hubiera venido al Perú, y sin esa idea, ciertamente, tampoco se hubiera marchado. Sin el sentido de lo utópico los matrimonios y las convivencias serían imposibles, tampoco serían posibles los divorcios, ni los viajes espaciales, ni las dietas milagrosas. Las utopías despiertan a los héroes, impulsan a las masas, crean puentes, levantan monumentos, pero también destruyen ciudades y desatan los genocidas. Las utopías inflaman la vida y justifican la muerte.

Sin embargo, por otro lado, todas las utopías son pendientes que terminan en un abismo profundo. Hay un momento en que el camino aparentemente promisorio se termina; hay un instante en que aparece a nuestros pies el abismo. Y la frustración se convierte en la constante compañera de cada búsqueda del hombre. Las revoluciones terminan volviendo a los orígenes; los libertadores se convierten en tiranos, y las búsquedas se estrellan en muros sólidos y oscuros. El que alcanza la fama, la lleva como una cruz; y quien tiene el poder se vuelve su esclavo.

¿Cómo explicar todo esto? Económicamente hablando las necesidades son ilimitadas, no hay utopía capaz de satisfacer la sed humana... y tal vez ahí esté la respuesta de todo, en que como siempre los dilemas son falsos dilemas, y en consecuencia, resulta irrelevante determinar cuál es el factor más determinante de la historia; el sentido de lo utópico y la frustración resultante serían, en verdad, dos caras de una misma moneda, dos momentos de la misma historia y la inevitable fatalidad del destino humano.


Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta

miércoles, noviembre 01, 2006

El Concepto de Finalidad, la Naturaleza y el Estado




Aristóteles dice que el hombre es un Animal Político (un animal estatal sería una traducción más precisa); sugiriendo una concepción naturalista del Estado. Desde esa perspectiva, los seres humanos se orientarían a la convivencia “estatal” de un modo natural.

Cuando se coloca la causa sustancial del Estado en la esfera de la naturaleza humana, en la esencia del hombre; la apartamos del campo de acción de la libertad. Como resultado, el Estado no podría entenderse como acto racional y voluntario, sino más bien, como un hecho natural y necesario.

Problema: ¿Cómo podemos sostener, entonces, el concepto de finalidad del Estado? ¿Tienen acaso la naturaleza evolutiva un fin? ¿No es acaso producto del azar?

No es posible un fin fuera de la razón. El universo evolucionado carece de propósito, simplemente es. La lluvia carece de finalidad en sí misma, solamente posee consecuencias; su finalidad, en todo caso, es el resultado de una interpretación racional y externa. Únicamente un ser pensante se propone fines, de manera que el hombre, incapaz de “crear” racional y libremente el Estado, pero capaz de percibirlo, sería un simple intérprete...

Intérprete engañado, al fin y al cabo, que descubriendo ciertas relaciones, cree gobernar su propia historia.



Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta

lunes, octubre 16, 2006

Dualidad: amplitud de percepción o simple reduccionismo



Hay una visión del universo como ente dividido en fuerzas que se oponen con simétrico encono; según la cual, el equilibrio entre el bien y el mal vendría a ser el fundamento de lo existente, incluyendo nuestra vida e historia.

Uno de los argumentos a favor del entendimiento dual de la realidad, se basa en que el ser de un ente determinado es imposible sin el ser de otro completamente opuesto. Sin mal, no conoceríamos el bien. Sin día no notaríamos la noche. Sin dolor, no percibiríamos la alegría, etc etc...

Contra esta falacia, se pueden plantear varias objeciones, mencionaré tres:

  1. Toda la comprobación de la teoría dual, se basa en la imposibilidad de percibir la realidad opuesta. En ese sentido, la complementariedad no necesariamente es ontológica sino simplemente cognoscitiva, y por lo tanto, el mal únicamente provoca la añoranza del bien perdido, más no ejerce ninguna influencia germinadora en aquél.
  2. Sin embargo, la función cognoscitiva de los contrarios resulta todavía más débil, ya que no es cierto que necesitemos conocer ambos opuestos para entenderlos individualmente. ¿Necesita el rico la pobreza para conocer su riqueza? No, la percibe por sus propios efectos, cuando usa de su dinero y su poder. Lo mismo ocurre con el bien y el mal, son perceptibles no por la existencia del otro, sino por las bondades o los estragos de sus propias consecuencias. Conocemos la luz, no porque haya oscuridad, sino porque vemos. Conocemos la oscuridad, no porque exista la luz, sino porque sencillamente no somos capaces de ver.
  3. No hay relación alguna de causalidad comprobada entre los opuestos. El día no es creado por la noche, sino por la rotación de la tierra; la felicidad no es causada por la tristeza, sino por un momento placentero; el dolor no es causado por el gozo, sino por una circunstancia pesarosa; de modo que no es necesaria una para la existencia de la otra.

El dualismo entonces resultaría ser no otra cosa que un reduccionismo simplón y sin sentido.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta

viernes, octubre 13, 2006

El bien, el mal y Hobbes




Releía una vieja monografía redactada allá por agosto de 1994. En la página 24 encontré los siguientes comentarios sobre Hobbes:


Hobbes parte de la hipótesis de que un hombre libre no tiene escrúpulos ni conciencia, que es el esclavo de sus pasiones”

“...es tan egoísta y tan bajo moralmente que, experimenta una suprema satisfacción al perder sus derechos porque sabe que todos los demás los han perdido, y es tal certeza la que lo convierte en un buen ciudadano



Hobbes ve al hombre como un ser naturalmente ruin y egoísta. Ese egoísmo se ejerce en una libertad bastante amplia, por cierto, debido a que no se encuentra limitada por escrúpulos. De esa maldad original nace el orden político, porque hombres malvados y libres prefirieron perder sus poderes primigenios, entregándolos para formar el Estado, por el simple placer de ver que el resto de la humanidad también iban a perder su autonomía.

La idea me llamó la atención, no por la visible ingenuidad con que enfoca la compleja naturaleza humana, sino porque, en sí, nos plantea un dilema moral abrumador:

Esa asociación entre esclavitud y libertad, entre egoísmo y ética cívica ¿no lleva implícita la negación del mal y del bien? Si el hombre es libre para conducirse conforme a su ego, entonces, a la vez, es esclavo de sus pasiones; si el hombre es esclavo del Estado, en ese caso, por lo menos en la práctica, será liberado de su naturaleza viciada por la ética ciudadana. Y si una cosa se debe a la otra, ¿no podría llegarse a la conclusión de que ambas, al fin y al cabo, forman parte de algo más grande, una realidad que las unifica y las confunde?

Aparentemente sí... sin embargo, hay un pequeño defecto en el argumento. El contrato por el cual hombres perversos crearon el orden y el bien cívico nunca ocurrió, salvo en la mente de Hobbes, hecho elemental pero contundente, que convierte ese relativismo moral en una simple falacia.



Roberto Pável Jáuregui Zavaleta



miércoles, octubre 04, 2006

El lenguaje como reflejo creador




Pocos días antes del fin de semana principié un encierro voluntario. Pasé cuatro días casi sin dormir redactando algunas líneas para mi curso de teología. Mientras elaboraba el esquema de uno de los capítulos y escogía los textos que pensaba disertar, mis ojos se fijaron en una cita de Carroll, quien, en su Comentario del Génesis, consideraba el "uso de un lenguaje articulado" como una característica de la “imagen de Dios” residente en el hombre.

La idea me llamó la atención porque ni Berkhof, ni Mullins, ni Clarke, ni ningún otro teólogo consultado había hecho esa proposición. Pero más que eso, me inquietó esa sensación de extraña familiaridad que nos acompaña, a veces, cuando nos presentan ciertas personas.

El algún lugar, en algún momento yo había revisado un texto paralelo o al menos relacionado. Me volví rápidamente hacia mis desordenados libros, mi índice se detuvo finalmente en la esquina derecha del librero, entre Stuart Mill y Zweig, sobre el libro de Ernst Cassirer titulado “Antropología Filosófica”.

En el capítulo relativo al lenguaje decía lo siguiente:

“Los creadores de las teorías biológicas acerca del origen del lenguaje no vieron el bosque a causa de los árboles. Partieron del supuesto de que una línea directa nos conduce desde la interjección al lenguaje, pero esto es una petición de principio, no una solución, porque lo que había que explicar no era el mero hecho del lenguaje humano sino su estructura. Un análisis de esta estructura revela una diferencia radical entre el lenguaje emotivo y el proposicional; no se hallan al mismo nivel. (...) Me parece que ninguna teoría biológica logró cancelar jamás esta distinción lógica estructural; no poseemos ninguna prueba psíquica de que ningún animal traspasara jamás la frontera que separa el lenguaje proposicional del emotivo. El llamado lenguaje animal es siempre enteramente subjetivo; expresa diversos estados del sentimiento, pero no designa o describe objetos. Por otra parte, no existe prueba histórica de que el hombre, ni en las etapas más bajas de su cultura, estuviera nunca reducido a un lenguaje meramente emotivo o a un leguaje mímico.”





Un teólogo del siglo pasado, relativamente oscuro ahora, coincide con un profesor secular de la Universidad de Yale; ambas posiciones, aun cuando se mantienen en sus respectivos lados de la calle, se miran con cierto aire de semejanza; a pesar de pertenecer a familias diferentes, ambas se acercan y complementan casi perfectamente.

Se me ocurre de pronto, que si Borges hubiera contado esto, talvez hubiera dicho que no hay dos posiciones coincidentes; que esa es solamente una manera de ver las cosas, que en verdad ambos libros son uno solo, como las dos caras de una misma moneda.


Roberto Pável


(1)Carroll; El Libro de Génesis; El Paso - Texas; CBP; s/f ; p.81
(2) Cassirer, Ernst; Antropología Filosófica; Fondo de Cultura Económica; México; 2° Ed; 1999; p. 175

sábado, septiembre 23, 2006

El chocarrero absurdo del "superhombre"





Lógicamente el ateismo y el teismo son cuestiones de fe. Digo lógicamente debido a que, según las reglas de la lógica, no se puede descartar la existencia de Dios por la imposibilidad científica de su demostración, así como tampoco es posible afirmarla usando como prueba la imposibilidad de demostrar su inexistencia.

Ante ese estado de limitaciones probatorias, decir que Dios existe o decir que Dios no existe se reduce a una cuestión de “aficiones”. Quien afirma la existencia de Dios y quien la niega, en realidad, no afirma ni niega algo sobre Dios, solamente afirma una “simple” creencia. De modo que tanto la religión como la ausencia de religión tienen un origen común: la fe.

Considero que el ateismo es una necedad en general. Sin embargo, de todas las formas de ateismo que he encontrado, la más estrafalaria e irracional, es aquella que tiene su punto de partida en Nietzsche y la alucinada teoría del superhombre.

“Dios ha muerto” y “el superhombre”; “el hombre es, al fin y al cabo, su propio dios” son frases comunes en ese enfoque. Cuando un ateo dice que Dios no existe, se funda en la falta de evidencia empírica. Dios, al ser excluido como objeto de ciencia, queda excluido también de la lista atea de cosas existentes. Por mi parte, tendría reservas en creer en un Dios susceptible de ser objeto científico, claro que eso preocupa poco al reflexivo ateo, a él únicamente le interesa dejar en claro que sostener una fe en Dios es irracional debido a que no hay evidencia científica.

Sin embargo olvida aplicar el mismo criterio cuando se trata de analizar el mito del superhombre. Basta con leer los periódicos para descubrir que la idea del superhombre no tiene ninguna evidencia empírica. La historia del hombre es una historia cruel de voracidad y ambición. Nadie ha escapado a la verdad de su propia corrupción, no hay hombre que no haya sido atacado por la vanidad, el rencor, la envidia, la codicia o el egoísmo. Esos mismos ateos, devotos del superhombre, son criaturas atrapadas en sus propios vicios de hombres vulgares y corrientes.

Hace unos años César Hildebrant presentó un reportaje a un grupo de ateos selectos, uno de los argumentos mencionados contra la existencia de Dios decía más o menos así:

“Yo no puedo creer en Dios, porque si Dios existiera no permitiría este mundo de mierda”

Lo interesante es que ese argumento contra Dios, viene al “superhombre” como anillo al dedo, ya que si el mundo es un “mundo de mierda”, lo es gracias a la actividad humana. Es el hombre el encargado, cada día, de darle ese acento fecal a la existencia. Es él quien te roba, quien te pide coimas, quien se copia en los exámenes, quien falsifica documentos para obtener visas, quien ha desatado las persecuciones religiosas, quien ha emprendido todas las guerras; quien fabrica bombas, quien invade países, quien destroza la vida, quien no paga salarios, quien evade tributos, quien engaña, quien deja hijos sin reconocer, quien mantiene las cárceles llenas y los orfanatos sin abasto, y quien anda buscando hacer más grandes sus particulares beneficios...

No, no puedo creer en el superhombre por la misma razón que los ateos niegan a Dios, porque si el superhombre fuera posible, no existiría este “mundo de mierda”.

Fe racional o fe irracional, a eso se reduce la cuestión. ¿Qué es más racional, creer en Dios o creer en el Superhombre?

Para algunos lo racional es decir que Dios ha muerto y seguir el autoengaño del superhombre, lo que en realidad es un pretexto para hacer cuanto deseen abandonando el último freno de la conciencia (los Nazis partieron de la misma idea). Para mi lo racional es reconocer que el hombre ha muerto, que cada día vemos sus cadáveres viviendo falsas vidas, llevando su podredumbre donde quiera que esparcen sus pisadas; para mi lo racional es, al fin y al cabo, buscar a Dios mientras puede ser hallado.



Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta

miércoles, septiembre 20, 2006

La autodestructiva ilusión cíclica


Desde siempre he tenido la percepción de la permanente oposición entre naturaleza y cultura.


La cultura no comprende lo natural. Se horroriza ante los métodos y procedimientos naturales; mientras en el mundo natural los débiles, los ancianos y los enfermos son eliminados; el hombre, por su lado, busca prolongar la vida de los miembros de la sociedad más desprotegidos.
La naturaleza no puede asimilar lo cultural (conducta y obra humana), la cultura quebranta el frágil equilibrio biológico; destruye ecosistemas y, en general, trastorna el orden natural.
Lo fatal de esta oposición es que mientras la cultura aniquila lo natural, destruye su propia fuente de sustento y continuidad biológica. Desde esta perspectiva la cultura tiene la forma de un “geno – suicidio”: Toda la obra del hombre, en suma, se podría reducir a un solo acto de autodestrucción.

Hace un par de días se me presentó un modo distinto de ver el asunto. Podría ser que la visión de la oposición cultura – naturaleza, con su catastrófico final, sea consecuencia de una visión lineal de la historia. La cuestión es ¿y si la historia, como la misma naturaleza, fuera cíclica? En ese caso la oposición entre lo cultural y lo natural sería no una historia de autodestrucción sino una historia de renovación.

Del mismo modo en que la luna se renueva, al menos en un sentido perceptivo, la naturaleza misma estaría atravesando un proceso de renovación, por el cual la naturaleza consciente (cultura) reemplazará a la naturaleza inconsciente (animal, vegetal). En esta perspectiva la extinción del mundo natural como lo conocemos, no necesariamente implicaría el fin de la humanidad, sino simplemente la extinción de todo aquello que no pueda ser asimilado en el orden cultural.

Hace un par de minutos se me presentó otro modo de pensar estas cosas:
Podría ser que la visión cíclica de lo natural fuera solamente una falsa percepción. Del mismo modo que la renovación de la luna es un invento de la imaginación humana (todos sabemos que físicamente la luna no se renueva), podría ser que todos los ciclos naturales sean simplemente eventos inconexos sin relación de causalidad alguna; es decir que, a la larga, se trataría de una ilusión cultural, en virtud de la cual, todos los ciclos percibidos serían falsos ciclos, y por lo tanto, la concepción cíclica de la vida y la naturaleza, no sería otra cosa que el autoengaño que sustentaría y permitiría nuestra autodestrucción; la sensación de invulnerabilidad para hacer más fácil nuestro camino hacia la muerte segura.

En este último caso, nuestra destrucción sería igualmente inevitable.




Roberto Pável Jáuregui

domingo, septiembre 03, 2006

Tolstoi: El Espejismo de la Libertad





“La Guerra y la Paz” (1869) es una novela imprescindible. Traducida y publicada a los idiomas más extendidos, esconde entre sus páginas una sólida y “escalofriante” concepción de la historia.

Particularmente, discrepo con aquellos que pretenden reducir el libro a un simple fresco de la vida rusa ente 1805 y 1815. En el libro aparecen más de quinientos personajes claramente definidos, no para retratar un momento de la historia rusa, Tolstoi en verdad quiere reproducir y demostrar los principios que rigen la historia en general. No es un libro sobre la Guerra de 1812, el tema del libro es la historia y la libertad.

No es una simple novela. Es una “parábola” literaria y épica de una teoría sobrecogedora. Tolstoi pretende ilustrar la relación de identidad ente el determinismo histórico y el mito de la libertad individual.

La historia, según su pensamiento, no es el producto de la voluntad de los gobernantes ni de la voluntad de un individuo. El liderazgo, desde esa perspectiva, es un espejismo. El hombre sin excepción está cautivo de sus circunstancias, y es tanto más prisionero cuanto más poder suponga tener.

De ese modo, para Tolstoi, Napoleón no tuvo la idea de invadir Rusia, Napoleón fue arrastrado por una fuerza superior hacia un destino más allá de todo cálculo. Él, como los demás combatientes, como el resto de sus personajes viven las vidas que están determinados a vivir, sin poder sustraerse a su destino.

Los hombres, según Tolstoi, están condicionados por sus limitaciones temporales y espaciales. Caminan y ven del modo que les permiten sus cuerpos y sus propios pensamientos. Toda “elección”, en verdad, es una aparente elección. Hasta en las decisiones más sencillas están ausentes las opciones. Decidimos hacer lo único que realmente podemos hacer. Nuestras circunstancias objetivas y subjetivas determinan nuestra vida, simplemente.

La libertad no existe. Tolstoi compara la sensación de libertad con la percepción que tenemos de la Tierra. Sabemos que el planeta es curvo y que está en continuo movimiento. Sin embargo lo percibimos plano y quieto. La aparente forma y quietud del suelo es solamente una ilusión que hace posible nuestra vida. Del mismo modo, nuestra facultad de elegir es solamente una ilusión que nos ayuda a permanecer con vida.

Si el hombre, como dice Tolstoi, es un ser determinado, entonces escribí este artículo no como un acto libre, lo escribí porque no podía ser de otro modo. De la misma manera, no escogiste leerlo, lo leíste porque esa era la única elección real que tuviste. Si somos juguetes de las circunstancias, hojas de otoño que el viento lleva; si Tolstoi tiene la razón; entonces la libertad sería el gran autoengaño de la especie humana.



R. Pável Jáuregui Z.

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