lunes, mayo 28, 2007

Escribir y Describir: ¡Elemental Watson!


caricatura tomada de el País.com

Las descripciones son un elemento fundamental en una buena prosa. Creo que la pasta del escritor brota de su capacidad de describir. Y, si nos atenemos a aquella hipótesis por la cual, el arte más que “creación” es “percepción” estética, tendríamos que concluir que, en esencia, cada imagen fabulosa, cada metáfora asombrosa, esconde el germen de una descripción genial.

Claro, es necesario admitir que el modo en que se trata las descripciones ha variado. La sociedad se ha vuelto más ágil; y las películas, más directas. Incluso, me atrevería a decir, que se puede hacer una analogía entre ese interminable capítulo de Piel de Zapa, en el que Balzac describe una tienda de antigüedades; y esa otra interminable escena de Ben – Hur, cuando Charlton Heston regresa a su casa desolada. No se puede negar la estética en ambas piezas; sin embargo ya nadie gasta diez páginas describiendo un cuarto lleno de objetos, ni veinte minutos en el recorrido de patio vacío.

“Y sin embargo se mueve...”

Y sin embargo todavía describimos. Aquí, una pseudo antología y a “vuela pluma” de algunas descripciones notables:

Alvaro Muttis, en su relato “La muerte del estratega” describe, obvio, la muerte del estratega:

“La primera flecha le atravesó la espalda y le salió por el pecho a la altura de las últimas costillas. Antes de perder por completo sus fuerzas, apuntó a un mahdi que desde su caballo se divertía en matar búlgaros con su arco y le lanzó la espalda pasándolo de parte a parte. Un segundo flechazo le atravesó la garganta. Comenzó a perder sangre rápidamente, y envolviéndose en su capa se dejó caer al suelo con una vaga sonrisa en el rostro. Los fanáticos búlgaros cantaban himnos religiosos y salmos de alabanza a Cristo, con esa fe ciega y ferviente de los recién convertidos. Por entre los montones de voces de los mártires comenzó a llegarle la muerte al Estratega (...) Un último flechazo lo clavó en la tierra atravesándole el corazón. Para entonces, ya era presa de esa desordenada alegría, tan esquiva, de quien se sabe dueño del ilusorio vacío de la muerte” [1]


García Márquez describe la interminable espera en “El Coronel no tiene quien le escriba”:

“Mientras esperaba que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como esa. Durante cincuenta y seis años – desde cuando terminó la última guerra civil – el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.”[2]

Jorge Eielson en “Canción y Muerte de Rolando” (dicho sea de paso, uno de los poemas más hermosos que he leído):

“Luciente copa del cielo se oscurece sobre su bronca cabeza. Escuchas a Oliveros tras de las cercas, donde su voz, ya derramada, corre cual victoriosos vino. Estás tan abandonado sin su voz que aún ya muerto le obedeces. Y sangras solitario

(...)

En la mañana tu cuerpo era alto y limpio como el mar, pero luego un musgo negrísimo lo ocultaba y por entre su pesado oleaje, a instantes, sólo tu frente aparecía

(...)

Rolando, que un ciervo llevará tu sueño entre sus astas, creciendo hacia ambos lados del cielo como alumbrados truenos. Para los lobos escondidos y las águilas que roban sus mejores vuelos a la oscuridad, para matar sus torvas tribus, a ese bosque perseguido por el sol.

Pues quedaba aún tu nuca herida, ardiendo como una lámpara de miel

(...)[3]


Mi querídisimo Ricardo Palma, describe a las lloronas, con su inconfundible estilo y buena prosa:

“Existía en Lima, hasta hace cincuenta años, una asociación de mujeres todas garabateadas de arrugas y más pilongas que piojo de pobre, cuyo oficio era gimotear y echar lagrimones como garbanzos. ¡Vaya una profesión perra y barrabasada! Lo particular es que toda socia era vieja como el pecado, fea como un chisme y con pespuntes de bruja y rufiana. En España dábales el nombre de plañideras, pero en estos reinos del Perú se las bautizó con el de doloridas o lloronas” [4]

El entrañable Dumas describe a su héroe Artagnan:

“Con tal bagaje, Artangnan era, tanto en lo moral como en lo físico, una copia exacta del héroe de Cervantes. Don Quijote tomaba los molinos de viento por gigantes y los rebaños por ejércitos; Artagnan tomó cada sonrisa por un insulto y cada mirada por una provocación. Por esta razón desde Tarbes hasta Meung, llevó siempre el puño cerrado, y lo menos echó mano a la espada diez veces al día...” [5]

Quedan muchos en el anaquel, este post es simplemente un enunciado, y sería ridículo pensar que estas descripciones son las mejores de las mejores; faltaría el tiempo para mencionar aquí a Wilde, a Poe, a Scorza, a Gonzalez Viaña, a Vargas Llosa, a Grishman, a Vallejo, a Tolstoi, a Proust, García Lorca, Dickens, Bronte, Bryce y demás etcéteras; pero cerraremos esta nota con una de Hombres G:

“Temblando,
Con los ojos cerrados,
el cielo está nublado
y a lo lejos tú”

¿Y tú? ¿Cuáles descripciones recuerdas?

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta


[1] Mutis, Álvaro; La Muerte del Estratega; Santa fe de Bogotá, Colombia; Santillana; pp. 41 - 43
[2] García Marquez, Gabriel y otros; MAESTROS DE LA LITERATURA UNIVERSAL; Santa fe de Bogotá, Colombia; Tomo I; 1984; p. 221
[3] Eielson, Jorge Eduardo; POESÍA ESCRITA; Santa fé de Bogota, Colombia; Grupo Norma; 1998; pp.35-43
[4] Palma, Ricardo; TRADICIONES PERUANAS; Madrid – España; Espasa Calpe; Tomo II; 1961; p. 159
[5] Dumas, Alejandro; LOS TRES MOSQUETEROS; Panamá; Grolier International; 1969; p. 9


No hay comentarios.:

Recientes

Recomendados